Elsa nació mediante cesárea de urgencia porque tenía deceleraciones con las contracciones... pero de esto ya os hablaré en una entrada correspondiente, creo que lo merece ¿no?
El caso es que nació por cesárea, y yo... pues estaba... recién operada. Sí, señores, recién operada, y no una cirugía cualquiera, sino una cirugía mayor. Hinchada, dolorida, cansada, aún con anestesiada de cintura para abajo, me preguntan nuevamente si quiero darle a la niña lactancia materna. "Claro que sí".
Yo quería un parto natural, quería incluso intentar evitar la epidural, había hecho masaje perienal, había hecho pilates y caminatas diarias de unos 10 km, tenía tantos planes para el parto... pero no fue posible, y no estaba dispuesta a que esto se llevara por delante otra de las cosas que tenía bien claro que quería: mi hija tendría, como dice Carlos González, pediatra que me encanta y al que veréis que referenciaré en más ocasiones, un regalo para toda la vida. Si, había tenido una cesárea, me encontraba fatal, pero ya era una mamá y una mamá dispuesta a todo para darle a mi hija lactancia materna.
Así que mi respuesta a la enfermera fue: "Claro que sí". Y entonces me pusieron al lado, colocándo su boquita en uno de mis pechos, a la criatura más maravillosa del universo. Elsa había nacido hacía 40 minutos, con 3.550kg de peso, sana, fuerte, y con unas ganas de mamar tremendas. "Se enganchó", como se dice, en el segundo cero, y fue ella la que lo hizo todo, porque yo no podía hacer nada por ella, apenas podía moverme, sólo mirarla con ojos atónitos y enamorados de esa maravilla que había traído al mundo.
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